
Desperté, si bien a una apariencia singular, fue lo más próximo a la verdad que se nos figura. Pregunte por ella. Había continuidad en mi percibir el tiempo tan lento. Luego, subí una escalera y detrás del cristal, esperaba, distraída en su imperfección, esa hora que siempre llega. Mirada perdida, ojos cansados de si misma y el nerviosismo que se desprendía de su naturaleza esquiva. Era ella, en el estado pleno de su vida cotidiana y que tantas veces, infinidad de veces, cientos de momentos desplegados en una maraña de caminos, rumbos de obligaciones inciertos y excusas vacías, orientados en una huida innecesaria, había creado para así, perder su rastro. Trate de hacer de cuenta que... pero preferí el silencio, y los momentos se sucedieron de idéntica forma; Su intuición, por sobre todo esto que estaba viendo. Viajamos subterráneamente, dialogando, cual imagen que nos impulsaba en una regresión de impresiones y culpas. Escuchó el latir de tus pensamientos; Credulidad, desconfianza, exceso de desgano, identidad real de un agobio y deseo de que algo, finalmente, termine. Entonces, en su hermetismo, cuestione los motivos que llevan al hombre a idealizar, y me consterno el ser conciente. ¿Sabemos solo eso que se nos cuenta?. Complejidad en su simple manera de desahogar ese dolor, que asegura no tener. La acompañe, hasta que nuestros pasos se detuvieron frente a una postergada despedida. No es acá, pensaba, mientras regresaba, reencontrándome con el silencio de una apacible soledad. Tal vez, detrás de algún esquema mental, desmoronándose y dando sustento a otras suposiciones, su irrealidad exista.